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Oruro

Por la tardía hora de llegada había acordado que alguien del alojamiento se reuniera con nosotros a la llegada a Oruro, que según me referían no tenía los problemas de inseguridad de otras grandes ciudades… mientras me aconsejaban apuntar la matrícula del taxi por si éramos objeto de un robo. No queríamos sorpresas y menos arrastrando sendos mastodontes de cajas y sin conocer la localidad. Por desgracia no localizamos a la persona de contacto ya que nos dejaron por fuera de la estación, así que a instancias de una chica que conocimos en la guagua tomamos un taxi hacia el hotel y por fin pudimos relajarnos un poco cenando hamburguesas y probando nuestro primer mate de coca para adaptarnos al mal de altura “soroche” o “apunamiento”. Estábamos 3.700 mts de altitud y permaneceríamos en esas cotas casi toda la estancia.
Oruro es una ciudad minera, cuna de un Carnaval famoso al menos a nivel nacional. De noche me pareció bulliciosa, con bastante tráfico de vehículos y peatonal, con mucha vida, al menos en el centro, después, pese al sábado por la noche, el entremado de calles se vuelve más lóbrego y despoblado, casi desierto.

Una vez reunidos con los compañeros, que llegaron sin incidencia, despachamos risas y nervios en la comida de rigor, servida por un camarero gaditano residente que daba el pego como boliviano hasta abrir la boca. Continuamos la sobremesa haciendo nuestros pinitos en altura hasta el día siguiente, incluida una visita al mirador de la imponente virgen de fibra de vidrio que domina la ciudad.