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Sud Lípez

Nos aguardó un viaje de prácticamente 5 horas por pistas que, al menos al principio, eran bastante llevaderas. Al contrario de lo que había pensado y con motivo de la enorme cantidad de tours existentes, el tráfico era considerable, y nos cruzábamos asiduamente con todos terrenos tan castigados por las piedras y la tierra del camino como en el que íbamos.
Las escasas poblaciones se sucedían y finalmente nos adentramos en zonas más y más áridas y solitarias marcadas por unas pistas arenosas y surcadas de calamina que nos hubieran supuesto un reto casi sobrehumano cruzar a pedales. Los paisajes, cada vez más escarpados y desolados, nos iban introduciendo en el espectacular y conmovedor paisaje del sur de Bolivia; grandes extensiones de terreno y lejanos e inaccesibles picos que controlaban los valles y llanuras.
Como adelantó Nelson, el joven conductor, Villa Mar era una población simplísima (¡qué sorpresa!) de la que partía un larguísimo tramo de subida hasta llegar a las cotas del Lípez. Así que la decisión de ahorrarnos casi 60 km de desniveles pedregosos y descarnados fue de carácter inmediato, y tras un periodo más de coche pudiendo contemplar el Uturuncu (pico de más de 6.000 más accesible del mundo) y sufrir traqueteo, llegamos anocheciendo a la entrada de la reserva. El daño colateral era que nos saltaríamos la zona del Árbol de Piedra, por encima de La Laguna Colorada, y cuya distancia no estábamos dispuestos a recorrer solo para sacar unas fotos.

Nos alojamos en el refugio ubicado a 7 km, y que ya contaba con un nutrido número de mochileros, conciliando el sueño con la expectación de prometedoras vistas de los tesoros naturales que nos guardaba la jornada siguiente.
El Sud Lípez ó Sur Lípez es la provincia del suroeste boliviano que linda con Argentina y Chile, zona de altiplano de paisajes desolados y desnudos, de un silencio custodiado por grandes y dentados picos donde solo hay frío; un homenaje a la vista en forma de tierra, piedra y sal. Ni un átomo de cobertura mientras durara el trayecto que recorreríamos, la variante que seguía más próxima a Chile.
Salimos temprano y nos adentramos en la maraña de pistas que conducen a La Laguna Colorada hasta llegar al mirador más frecuentado. La Laguna Colorada, una de las joyas de la región y del país, es una enorme masa rojiza de agua de 65 km cuadrados. Su llamativa tonalidad,cambiante según incide la luz del sol, alberga a una gran colonia de de flamencos (pariguanas) que emiten un característico y ensordecedor ruido, y sus orillas destilan un inquietante olor mineralizado.
Sacamos muchas fotos, a la que seguramente ninguna hace verdadera justicia, y nos abandonamos a las inabarcables e insólitas vistas de sus naranjas y rojizos, y tras una larga contemplación reanudamos el camino para intentar llegar a la zona del Salar del Chalviri y su terma.

Oteando la rivera del salar vimos lo que creíamos podía ser el refugio, pero resultó ser una extracción de sal abandonada y montamos las casetas apenas con los últimos rayos del sol. La noche fue gélida, -6 grados dentro de la caseta que compartía con Carlos (fuera quizás pudo ser casi el doble), un frío que humedeció los sacos, congeló el agua de los botellines y nos impidió dormir. Una noche de pesadilla.
Salimos la jornada siguiente con el convencimiento de descansar todo el día en la terma de Chalviri, que sabíamos cercana, y así fue. Nos habíamos quedado a las puertas de dormir en caliente y en apenas 5 km dimos con el lugar. Un sencillo refugio con una terma al aire libre de agua a 37º grados y suelo arenoso. Aprovechando la soledad matutina nos metimos en el agua, que por la diferencia de temperatura parecía una caldera. Los visitantes empezaron a sucederse y con más o menos compañía, a las orillas blanquecinas y húmedas del Salar de Chalviri, pasamos gran parte de la mañana a remojo, desquitándonos de la paliza previa. Tras un intento desafortunado de montar las tiendas, terminamos recurriendo nuevamente al refugio y los compañeros hasta se animaron a un nuevo baño nocturno y repitieron en la madrugada. Yo, menos indómito, me conformé con el calor de mi saco sobre un colchón mullido.
Al día siguiente nos alejamos de la terma que nos vio alejarnos despidiendo un fantasmal vaho desde sus calientes aguas al frío aire matinal. Nos adentramos en la zona del Desierto del Dali ó Dalí (en honor al pintor catalán), una gran llanura rojiza con gigantescas formaciones rocosas espaciadas entre sí que descansan con languidez, como enormes y mudas criaturas tumbadas al sol.

La Laguna Verde, de un turquesa pálido, y La Laguna Blanca, separadas por escasa distancia, están a los pies de unas magníficas montañas comandadas por el impresionante Licáncabur, un volcán que roza los 6.000 mts, justo en la frontera entre Bolivia y Chile.
Recorrimos los últimos kilómetros en la inmensidad de los espacios que ofrecía el amplísimo y yermo paisaje, cercanos ya a la triple frontera con Argentina, y llegamos temprano al refugio. Sorpresivamente estaba muy bien dotado y comimos y dormimos debidamente, acostándonos muy temprano, ya que descubrimos que Carlos y yo teníamos fiebre. Habíamos ido reventados y con razón.